domingo, 28 de diciembre de 2014

El misterio del ‘bolsillo MacGyver’


 
 
He de reconocer que, para ser bloguero no soy una eminencia en cuanto a uso de tecnología…soy un patata. Pero un patata hervida.  Por suerte, tengo un aliado, un secreto aliado: el bolsillo de mi pantalón.

Cuando meto en él mi teléfono móvil soy capaz de hacer cosas inverosímiles si no lo bloqueo, desde hackear la base de datos del Pentágono hasta programar las coordenadas de lanzamiento de la próxima incursión espacial de la NASA. Para ser justos, no soy yo: lo hace él. Yo no, qué más quisiera. No lo puedo controlar. Más o menos como los duendecillos nocturnos de aquel cuento.
Los bolsillos tienen la capacidad de enredar un cable (con especial predilección por los cables de auriculares y cargadores de móvil) hasta enmarañar un nudo gordiano. Pero no sólo tienen debilidad por hacer calceta con los cables eléctricos: también juegan a crear el caos (como en aquella mítica película ‘Juegos de Guerra’  mi bolsillo es capaz de convertir mi teléfono en una suerte de Skynet, y si no, al tiempo) a través de las infinitas posibilidades que te brinda un móvil de capacidad sencilla con una pantalla táctil desprotegida y una quizá demasiado rápida velocidad de navegación.
Favorece a los propósitos del avieso aparatejo el hecho de que una sola función, un solo desliz o un solo botón,  pueda desencadenar tantas respuestas, tantas opciones  y por todo ello, ¡¡tanto daño!!
Deberían estudiarse  las peligrosas y catastróficas consecuencias que puede desencadenarse a través de la malévola y diabólica  alianza entre el bolsillo de mi pantalón y mi teléfono.  Si llega a saberse usar ese potencial… ¿Qué tal si se experimenta con ordenadores o tabletas gráficas metidas en un saco o un bolsillo gigante…?

Las aleaciones Smartphone desprotegido/bolsillo juguetón son un arma en potencia que pueden provocar el fin de una civilización tal y como la conocemos. Como mezclar ácido nítrico, ácido sulfúrico y glicerina. La sal y el café. Belén Esteban y Chanel 10.
Creerán que soy un exagerado. Posiblemente es sólo una cuestión de probabilidad. 
Que los móviles no son malos por naturaleza, como aquel ‘buen salvaje’ de Rousseau.

Pero seguro que mi bolsillo es capaz de activar el idioma predictivo, mandar un SMS , descargar una  nueva aplicación y hasta pedir una pizza antes que pasarme el puñetero Candy Crush sin que lo toque un solo dedo.

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